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| La sobreproducción cada vez mayor de todos los productos anuncia la cada vez mas caduca condición del capitalismo |
La
producción mercantilista, es decir, el producir para el intercambio, es
rastreable desde mucho antes del capitalismo, empezando ésta a desarrollarse
desde la muerte de la comunidad primitiva, cobrando mayor relevancia y
complejizándose con el paso del tiempo, principalmente desde la muerte de la
economía natural, aquella forma de producción donde se producía principalmente
para el consumo (como era en el esclavismo y en el feudalismo). Esta inicial
producción mercantilista simple ya sentaba las bases de lo que hoy conforma la
producción capitalista, tales como la división social del trabajo (diversos
productores especializados en diversas ramas productivas) y el surgimiento de
la propiedad privada sobre los productos del trabajo y de los medios de
producción. Pero en esta forma menos desarrollada de mercantilismo, cada
productor poseía sus propios medios de trabajo personales, es decir, los
elementos productivos de la sociedad, los creadores de mercancía, poseían sus
medios de producción.
Pero esto no
tardó en cambiar. Al surgir (por diversos factores, entre ellos la asociación
de ciertas empresas con los gobiernos coloniales y el subsiguiente saqueo a las
tierras indígenas y sus habitantes, o el afianzamiento de los terratenientes amparados
por los respectivos Estados apropiándose tierras antes campesinas) unos cuantos
productores lograron enriquecerse mucho más que los demás, encontrando el camino
allanado gracias a esta hipotética libre competencia que no hizo más que
abrirle la puerta a lo que luego crearía los monopolios productivos.
Aquí vemos
como se efectuó la evolución de la producción mercantilista de simple a
capitalista, y como se mantuvieron en ambas formas de producción unas ciertas
características en común. No solamente la división social del trabajo y la propiedad
privada, sino también algo que parecería obvio pero que es importante definir
para desarrollar los siguientes conceptos: la producción de mercancías.
¿Qué es una
mercancía? Una cosa que está hecha para satisfacer necesidades, pero que, a
diferencia de un mero producto, está orientada al cambio.
Lo que, a
una mercancía, independientemente de su tipo, le da la capacidad de satisfacer
necesidades es el ser poseedora de un valor de uso. Hay tantos valores de uso
como mercancías, por ejemplo, el valor de uso de un pantalón es vestir, el de
una birome es escribir, y el de un auto es transportar, pero a no confundirnos,
que no todo lo que tiene un valor de uso es una mercancía, se precisa que ese
valor sea producto del trabajo, y orientado a la venta. Este contenido material
de la riqueza mercantil (valor de uso) es el portador del valor de cambio. ¿Qué
es el valor de cambio? No es más que la capacidad de una mercancía de ser
cambiada por otra, la forma social en la que se equiparan e intercambian
valores de usos.
Pero el
valor de uso de una birome es completamente diferente al valor de uso de un
pantalón. ¿Por qué se pueden canjear estos productos? ¿Por qué ahora, con la
existencia de un papel moneda, podemos reducir ambos valores de uso a una misma
expresión monetaria, a una misma expresión social? Algo en común tienen
que tener, sino sería imposible su intercambio. Y eso en común que tiene tanto
la tijera como el pantalón es el trabajo. Mientras más trabajo cueste hacer una
mercancía más alto será su valor, es decir, más trabajo contenido en el valor
de uso se expresará en el valor de cambio, en su precio. Pero esta
determinación de mucho o poco trabajo no puede hacerse en base al trabajo
individual de cada productor de mercancías, ya que poco importa si un zapatero
trabaja helándose y sin comer ni descansar, que si trabaja tranquilo en su
zapatería, debido a que no va a poder vender más caro su par de zapatos al
alegar lo mucho que le costó hacerlos. La magnitud del trabajo invertido no es
una determinación individual, sino social. Lo que determina el valor de una
mercancía es el tiempo de trabajo socialmente necesario.
Con tiempo
de trabajo socialmente necesario nos referimos al requerido para producir una
mercancía en condiciones normales de producción, dentro de las condiciones
sociales promedio, y con el respectivo avance técnico.
Esta conclusión
a la que acabamos de llegar, la de que el valor de una mercancía viene determinado
por el tiempo de trabajo socialmente necesario, es llamada en economía política
ley del valor y su estudio nos deja indagar por toda la serie de
contradicciones inherentes al sistema capitalista.
En la
producción mercantil (y en una condición mucho más general y universal bajo la
producción mercantil capitalista imperante) los productores de mercancías (y
con productores no me refiero a los que verdaderamente invierten su fuerza de
trabajo y crean valores de uso, sino a los que se quedan con la ganancia y son
reconocidos infamemente en la sociedad con ese rótulo) producen aislados,
separados de los demás, pero acercándose al resto para luchar entre sí
empujados por la competencia, esforzándose por eliminar a los demás para
sostener y mejorar sus posiciones en el mercado. La producción no está sujeta a
ninguna planificación o programa, es una carrera por ver quién gana más, siendo
la ganancia la máxima prioridad, y no sabiendo realmente la productividad de su
mercancía en la sociedad, y la capacidad de venta en el mercado, hasta una vez
lanzada la misma. Se produce a ciegas. El mercado esclaviza a la producción de
mercancías y establece su ley, su verdadera ley, que no es otra que la de la
anarquía de la producción, una ley que expresa el carácter espontáneo de la
producción y del intercambio.
En este
caótico escenario, la ley del valor es la que regula los precios, al fijarlos
en base al tiempo de trabajo socialmente necesario.
Los
monopolios bajo la anarquía de la producción crecen. Es gracioso pensar en que un
actual obrero un día dijese basta y se quisiese lanzar al mercado mundial
de gaseosas parpretendiendo siquiera arañar un poco de las ganancias de Pepsico o
Coca-Cola. Al haber ramas enteras de la producción copadas bajo un puñado de
firmas empresariales, se termina todo intento de libre competencia. Esto lo
podemos constatar volviendo a la ley del valor, ya que si el tiempo de trabajo
socialmente necesario se determina por rama productiva, y tenemos un grupo
capitalista que hegemoniza la gran totalidad de la rama, y constatamos que esa
élite empresarial posee muchísimo más capital para invertir en tecnología para
reducir su tiempo de trabajo, y aumentar su productividad, se deja a todos los
demás pequeños productores, que no poseen equipos científicos a su nombre y
reservas de capital tan grandes, en desventaja respecto al tiempo de trabajo
socialmente necesario de esa rama. Es imposible en el actual mórbido desarrollo
capitalista el alcanzar a las grandes empresas que ya fijaron su propio tiempo
de trabajo socialmente necesario y controlan toda la producción (bajo sus
mismas reglas de juego), y los pequeños empresarios es ven rebajados a la horrorosa y desesperante condición de trabajador.
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| En un mundo hambreado la sobreproducción alimenticia es la constante. |
Como analizamos antes, la ley anárquica productiva capitalista genera una producción a ciegas, sin mucha certeza de cuáles son las necesidades del mercado. La igualdad de la oferta y la demanda se consigue de pura casualidad de vez en cuando. Al estar los productores aislados y enfocados en su propia ganancia y no en la utilidad a la sociedad, irán exclusivamente a las ramas productivas con poca oferta y mucha demanda, eventualmente saturando este canal, abandonándolo luego para no tener pérdida, dejando tras de sí empleados expulsados, ramas productivas vacías, se da un desarrollo productivo ajeno a las necesidades de la sociedad, se agudizan las contradicciones puertas adentro de la economía, y se elimina todo desarrollo normal y sano de la vida económica.
Ahora es
cuando suelen venir los defensores de este sistema claramente desigualitario y
desventajoso para la absoluta mayoría de la población con el lema de que “el
capitalismo favorece el desarrollo tecnológico”. El capitalismo como todo
modelo productivo viene por una evolución social medianamente consecuente, y
tiene unas tareas históricas lógicas e inclusive sanas. Sería
innegable el progreso técnico alcanzado por la producción capitalista a gran
escala a mediados del siglo XIX en adelante (que medio siglo de
socialismo en un par de países dejó en ridículo) intentando reducir el tiempo
de trabajo socialmente necesario para poder acaparar mayores porcentajes de
producción y eliminar competencia, pero este progreso técnico jamás se hizo en
base a las necesidades de la población, sino que se efectuó en base a las
necesidades empresariales, es decir, buscando la mayor ganancia posible. Bajo el dominio de la ley de
la anarquía de la producción la tecnología opera como herramienta de este
desorientado y sediento capital, y es así como podemos comprender, por dar un ejemplo, el avance
vertiginoso que tiene la producción armamentística y el estancamiento en
tecnologías pura y exclusivamente al servicio del pueblo como por ejemplo
el saneamiento de alimentos (para continuar con este ejemplo, los “avances”
hechos en este campo son en base a los pesticidas para eliminar las plagas y evitar el derroche para el terrateniente, pero
contaminando no solo a los consumidores de esos alimentos sino intoxicando y en
muchos casos hasta matando a los peones de
estos campos). Solo van a avanzar tecnológicamente las ramas que los
capitalistas consideren oportunas, y con este desarrollo económico de a saltos
que estamos nombrando, esto es peligrosísimo y nos limita como sociedad.
Si queremos
lograr nuestra mayor productividad, si queremos determinar bien los pasos
económicos a seguir, y alcanzar nuestro máximo potencial tecnológico, a la par
que se dignifica y retribuye justamente el trabajo humano, es nuestro deber
combatir toda idea de falso libre mercado sostenedora del capitalismo, que bajo el discurso de libre
competencia, fortalece los monopolios, desorienta las ramas productivas,
enferma el desarrollo de la sociedad y la conduce pura y exclusivamente al
beneficio de un puñado de empresarios dueños de nuestro trabajo.
Por supuesto que existe una alternativa . Y ésa es la economía planificada socialista, de la cual planeo escribir mas pronto que tarde para completar este análisis.



